miércoles, 21 de julio de 2010

UN POEMA DE JOHN KEATS (1795-1821)


When I have fears that I may cease to be

When I have fears that I may cease to be
Before my pen has glean’d my teeming brain,
Before high piled books, in charact’ry,
Hold like rich garners the full-ripen’d grain;
When I behold, upon the night’s starr’d face,
Huge cloudy symbols of a high romance,
And think that I may never live to trace
Their shadows, with the magic hand of chance;
And when I feel, fair creature of an hour!
That I shall never look upon thee more,
Never have relish in the faery power
Of unreflecting love!—then on the shore
Of the wide world I stand alone, and think
Till Love and Fame to nothingness do sink.

  CUANDO TENGO MIEDO DE QUE PUEDO DEJAR DE SER (traducción)

Cuando tengo miedo de que puedo dejar de ser
antes de que mi pluma haya espigado mi atestado cerebro,
antes de que altas pilas de libros, en caracteres,
guarden como ricos graneros el grano totalmente maduro;
cuando contemplo, sobre el rostro estrellado de la noche,
símbolos inmensamente confusos de un gran romance,
y pienso que puede que no viva para trazar
sus sombras, con la mano mágica del azar;
y cuando siento, ¡encantadora criatura de una hora!
que nunca más podré pensarte,
nunca gustar del poder mágico
del amor irreflexivo. Así, en la orilla
del ancho mundo quedo solo y pienso,
hasta que amor y gloria en la nada se hunden.


JOHN KEATS - poeta

JOHN KEATS, uno de los poetas que inspiró a Isadora Duncan, nació en Londres el 31 de octubre de 1795.
Su padre era propietario de una caballeriza y murió por la caída de un caballo en 1803, cuando el poeta tenía sólo siete años. Su madre volvió a casarse enseguida, pero este segundo matrimonio fue infeliz y la madre no tardó en abandonar a su marido y trasladarse a vivir en casa de la abuela de Keats en Enfield, con Keats, su hermana y otros tres hermanos, de los cuales uno no tardó en morir. Allí el poeta fue a una buena escuela y antes de los quince años ya estaba empapado de clásicos y traducía a Virgilio.

En 1816 publicó sus primeros sonetos. Un año después publicó su primer poemario completo bajo el sencillo título de Poemas. En 1817 se trasladó a la Isla de Wight, donde empezó a trabajar en un nuevo libro. Poco después tuvo que encargarse de cuidar a su hermano Tom, víctima también de la tuberculosis. Tom murió en 1818 y Keats se trasladó a la casa londinense de su amigo Brown, donde conoció a Fanny Brawne y se enamoró de ella. (La publicación póstuma de la correspondencia entre ambos escandalizó a la sociedad victoriana). Entre tanto, durante la primavera y el verano de 1819, Keats escribía sus mejores poemas: "Oda a Psyche"', "Oda a una urna griega" y "Oda a un ruiseñor", piezas clásicas de la literatura inglesa, que aparecieron en el tercero y mejor de sus libros, "Lamia, Isabella, la víspera de santa Inés y otros poemas" (1820).
Al año siguiente su relación con Fanny tuvo que concluir cuando la tuberculosis de Keats se agravó sensiblemente. Para alejarse del frío londinense Keats se trasladó a Roma, donde pese a su enfermedad y a sus problemas económicos, produjo una parte muy importante de su obra, consistente en poemas y cartas entre las que se cuentan, "La Belle Dame sans Merci" y "To Autumn".

Durante su corta vida, su obra fue objeto de constantes ataques y no fue sino hasta mucho después que fue completamente reivindicada.

Falleció en Roma el 23 de febrero de 1821.




domingo, 11 de julio de 2010

ISADORA DUNCAN - PARTE IV (ÚLTIMA)


Intensa la alegría, intenso el dolor
En 1913, mientras Isadora Duncan triunfaba en París, la desgracia golpeó a su puerta y sacudió el escenario de su vida desde los cimientos más temidos: sus dos pequeños hijos, Deirdre y Patrick (de padres diferentes), murieron ahogados en el río Sena al caer el automóvil en el cual viajaban, rumbo a Versailles, acompañados por la institutriz. Doce años después, la dolorida artista da cuenta de que su pecho encierra un dolor incurable y que, cuando está sola, sus ojos tienen una “rara sequedad”.

En aquella ocasión, la atormentada madre canceló todos sus compromisos, abandonó temporalmente su carrera y en varias ocasiones anidó en su mente la idea del suicidio. Sin embargo, en la cárcel de su desgarro todavía logró mantener el aliento, recurriendo a la sublimación de la insoportable punzada que le causaban las heridas. Así fue cómo Isadora Duncan se dedicó de lleno a la enseñanza de su danza en la escuela para niños que había fundado. En medio del sufrimiento, pudo Isadora considerar el llevar a cabo actividades relacionadas con campañas de beneficencia.


Mujer con una capacidad de innovación artística extraordinaria -tanto como dolorosa fue su vida-, Isadora, la “ninfa", era dueña de una belleza iluminada por un poder de seducción cautivante, que la mantenía rodeada de amigos -intelectuales, pintores y poetas- y de numerosos admiradores que deseaban conocerla. La atracción que ejercía entre quienes se le acercaban dio como resultado que lenguas malintencionadas entretejieran infinidad de historias amorosas con múltiples pretendientes. Las desapariciones y extraños sucesos que acompañaron a algunos de sus enamorados parecían corroborar el supuesto maleficio que proyectaba la Duncan . Entonces surgió el mito de que Isadora acarreaba la desgracia a las personas a las que amaba.


Más allá de eso, tal era la fuerza de sus propósitos que, un buen día, llegando más lejos que el dolor, se propuso dar a conocer sus enseñanzas en otros países. Así, en 1921 logró viajar a Moscú y luego, por invitación del gobierno soviético, Isadora se radicó en esa ciudad - decisión que finalmente le jugó una mala pasada, pues, a raíz de su simpatía con el comunismo, aquel público del mundo capitalista, que hasta la muerte de sus hijos la había ovacionado, esta vez respondió obsequiándole salas frías y semidesiertas-. Como consecuencia de este desinterés, se encontró sumida en la pobreza durante muchos años, hasta que hizo una última y dramática aparición en París poco antes de su muerte.

El último escenario
En 1926, como sabiendo ya, desde un lugar silencioso y somnoliento de su alma, que la partida estaba próxima, Isadora, refugiada en Niza, se sentó a escribir su historia, que publicó con el título "Mi vida", y se dedicó también a escribir “El arte de la danza”.


“¿Cómo podemos escribir la verdad sobre nosotros mismos? – se preguntaba- ¿Es que acaso la conocemos? Está la visión que de nosotros tienen nuestros amigos; la visión que nosotros tenemos de nosotros mismos, y la que nuestro amante tiene. Además, está la visión que tienen nuestros enemigos. Y todas ellas son diferentes”.

Más adelante, reflexiona otro poco acerca de lo que es verdadero y de lo que no lo es: “Nada tan lejano de la verdad efectiva de una persona como el héroe o la heroína de una película o de una novela corrientes. Todas las cualidades mediocres corresponden al traidor de la fábula y a la ‘mala mujer’. Pero ya sabemos que nadie es enteramente bueno ni enteramente malo”.


La separación de sus padres, el suicidio de su esposo ruso y la muerte de sus dos hijos no cerraron el círculo de desgracias que merodearía la vida de esta dama de la rebelión interior. Su propia y absurda muerte fue el último hecho. El 14 de septiembre de 1927, en Niza, su largo chal rojo se enredó en los radios de las ruedas traseras del auto Bugatti que ella misma manejaba, mientras circulaba velozmente por el Promenade des Anglais (Paseo de los ingleses).


Ese día, el mundo de la danza despidió a su pájaro libre y dolido; ese pájaro que sobrevoló cumbres y abismos, todo con la misma intensidad. Esa pequeña ave que, jugando aún en el nido, se prometió a sí misma que sería bailarina y revolucionaria.


En 1928, apareció su obra póstuma "El arte de la danza". Esta obra, donde la artista brinda un compendio de sus enseñanzas, es considerada obra clásica del género.


Sólo la danza. Nada más que la danza. “La danza del espíritu”, como ella la nombraba, porque estaba convencida de que no era su cuerpo el que bailaba, sino su esencia, su alma, su interior.


Hasta el último momento Isadora mantuvo su postura ante la vida. Su concepto estético reivindicó el culto, el rito y la naturaleza del cuerpo. Su amor por el arte rebasó su propia existencia, pues jamás permitió que la pareja, la familia o las necesidades económicas obstaculizaran sus planes de ''hacer la revolución'' en la danza.


"Nací a la orilla del mar”
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martes, 29 de junio de 2010

ISADORA DUNCAN - PARTE III


Una vida errante

 
Tiempo después, con el cambio de siglo, ya cansada de la atmósfera de Nueva York, Isadora, de 21 años, partió hacia Londres con su familia casi completa (sólo faltó Agustín, que había decidido casarse con una joven de 16 años, actriz como él). Como no tenían dinero suficiente para el viaje, Raimundo consiguió que un capitán los admitiera como pasajeros en un barco que llevaba ganado. “Nunca he esperado para hacer lo que quería hacer”, diría Isadora.


En Londres, la familia siguió apostando a la lucha de la menor del clan y de alguna manera logró sobrevivir. La nueva ciudad incentivó el asombro y la admiración de esta revolucionaria criatura: “La belleza de Londres nos volvía locas de entusiasmo. En América me habían faltado la cultura y la belleza arquitectónicas, pero ahora podía colmar mis deseos”. Allí estaba la Duncan, en plena efervescencia juvenil, deseosa de estudiar los movimientos de la danza antigua, siempre en busca de nuevos rumbos dentro de la expresión coreográfica. ¿Cómo lo hizo? Se dedicó a observar los jarrones de la época clásica conservados en el Museo Británico de Londres, a donde iba cada día sin cansarse.


Con los elementos extraídos de esta investigación, la joven bailarina organizó un baile que presentó a la sociedad londinense. Ni la extravagancia de sus túnicas y de sus pies descalzos, ni la actitud irreverente de su estilo amedrentaron al público inglés, que aplaudió y dio el sí a esta nueva artista venida del otro lado del océano. El éxito obtenido en Gran Bretaña fue el salvoconducto para llegar a los principales teatros europeos.


En una ocasión la prensa londinense declaró: "En esta época actual de elaboración y artificialidad, el arte de la señorita Duncan es como un soplo de aire puro (...). Es una imagen de belleza, alegría y abandono, tal como debió ser cuando el mundo era joven y hombres y mujeres bailaban al sol movidos por la simple felicidad de existir".


Es que Isadora concebía a la danza como una comunión entre los seres y la vida. Y esta intimidad sólo podía ser sugerida mediante aquellos movimientos que tomaban como modelo el mecerse del mar, el andar de las nubes y de las hojas de los árboles impulsados por el viento.


Como era de esperar, después de las nieblas de Londres el grupo se trasladó a París, donde estos espíritus curiosos destinaron horas y días enteros a recorrer el Louvre. Al respecto, leemos en el libro de Isadora palabras tan elocuentes como éstas: “En París no teníamos ni dinero ni amigos, pero el Louvre era nuestro Paraíso”.


Así como en Italia quedó cautivada por las pinturas de Botticelli, en París Isadora se nutrió de la influencia de los escultores Rodin y Bourdell. Al contemplar la obra de estos artistas, Isadora entró en comunión con el ser más íntimo de esos grandes y su misma esencia se sumó luego al alma de Isadora, que pudo después llevar a la danza el espíritu plástico de semejantes creadores.


Su vida bohemia no era un secreto para nadie y, mientras fundaba escuelas de danza en diversos lugares como Francia, Alemania y Rusia, donde tuvo como alumnas a la gran bailarina y técnica Martha Graham y a Mary Wigham, su vida amorosa era tormentosa, fugaz y muy variada. Al referirse al pequeño y pálido André Beaunier, escritor, “de faz redonda y con lentes, pero ¡qué inteligencia!”, Isadora reflexiona: “He sido siempre una cerebral y, aunque la gente no lo crea, mis amores de la cabeza, que fueron muchos, han sido para mí tan interesantes como los del corazón”.


En cierto salón londinense Isadora conoció una noche al pintor Carlos Hallé, de unos cincuenta años, de quien se enamoró enseguida y con profunda pasión. “Los jóvenes normales me aburrían abrumadoramente ...”


Al fin Grecia


Uno de sus más grandes sueños era conocer Grecia y allí beber directamente de las fuentes originarias del arte occidental. Siguiendo su pasión por la danza y por la tierra griega, en 1902 hizo realidad su anhelo. Cerca de Atenas compró la colina de Kópanos, con el objetivo de fundar ahí un templo de la danza. Con el ahorro obtenido de sus recitales inició la construcción del templo pero, a pesar de los innumerables esfuerzos, el proyecto quedó interrumpido debido a cuestiones económicas.


Podría uno preguntarse si acaso la danza moderna tuvo su génesis en la libertad y el atrevimiento de Isadora, que rompían con la rígidez del ballet clásico. Hay quienes afirman que la imparable creatividad de esta Venus rebelde hasta el paroxismo, ejerció una enorme influencia en el ballet del siglo XX, pues influyó en muchos coreógrafos, entre los que se destacan los estadounidenses Ruth St. Denis y Ted Shawn.


“A esta vida salvaje y sin obstáculos de mi niñez
debo la inspiración de la danza que he creado
y que no es sino la expresión de la libertad.”


En su autobiografía, Isadora vuelca un sentimiento de gratitud en relación con la pobreza vivida durante su infancia, cuando su madre mantenía a sus cuatro hijos dando lecciones de piano a domicilio. Es que, gracias a ese destino, sin la presencia de niñeras ni de sirvientes, pudo la niña desplegar toda su espontaneidad y conservarla luego a lo largo de toda su vida.


Su continuo peregrinar de casa en casa, y más delante de pensión en pensión, en ambientes fríos y austeros, junto con su madre y sus hermanos, estuvo siempre acompañado por una estrechez económica que llegó, en muchas ocasiones, a extremos por demás desalentadores para cualquier alma humana. Isadora confiesa que, por ser ella la más audaz y valiente de la familia, cuando no había nada que comer en la casa, era la elegida para marchar resueltamente a la carnicería y obtener, sin pagar, mediante promesas y algunos engaños, alguna pieza de carne. Cuando fue mayor, este ejercicio fue su herramienta para afrontar a los feroces empresarios.


(Próxima entrega: cuarta y última parte)

sábado, 19 de junio de 2010

ISADORA DUNCAN - PARTE II


Nada está quieto

   Infatigable en todo, y ávida de experiencias y de nuevos horizontes, un día Isadora convenció a su madre de que ya era hora de dejar California. El nuevo destino fue Chicago y las novedades que allí las esperaban estuvieron muy lejos de semejarse a la fortuna que Isadora creyó que alcanzaría en ese lugar. Un empresario del espectáculo la contrató con la condición de que se olvidara de Mendelssohn e hiciera otra cosa: “Algo con pimienta, con enaguas, las piernas al aire libre y poco adorno”. Pensando en su madre, cuya salud se veía minada por el hambre, Isadora aceptó, aunque “aquel ensayo de divertir al público repugnaba a mis ideales”.

   Poco después, Isadora decidió que no había nada que esperar de Chicago y se dirigió a Nueva York. Allí, después de mucho insistir, y rechazando cualquier proposición de ser recibida por otra persona, logró que el gran director Agustin Daly la recibiera. “Tengo una gran idea para usted –le dijo a Daly-. Usted es probablemente la única persona que puede comprenderla en este país. Yo he descubierto la danza ....

   En vano se esforzó Isadora por llegar al alma del dramaturgo y lograr su comprensión. Todo lo que recibió de él fueron estas tristes palabras: “Bueno, tengo un papel para una pantomima. Venga usted el primero de octubre a los ensayos y, si sirve, la contrataré. ¿Cómo es su nombre?” Una vez más, Isadora renunció a sus pretensiones y aceptó. Me la llevé a casa para estudiarla y me pareció estúpida e indigna de mis ambiciones e ideales”, declaró en su libro. Y agrega: Siempre me han dado ganas de decir a la pantomima: Si quieres hablar, ¿por qué no hablas? ¿A qué vienen los esfuerzos por gesticular como en un asilo de sordomudos?”

   Y así transcurrió un año, mientras la familia iba de pensión en pensión, de donde muchas veces eran despedidos por falta de pago. Quería aceptar la filosofía estoica –confiesa la líder de este grupo- para aliviar el sufrimiento constante de la miseria”.

        “Pasaba días y noches enteros buscando aquella danza
       que pudiera ser la divina expresión del espíritu humano
                a través del movimiento corporal”.

   Una vez que abandonó la compañía de Daly, la familia Duncan, artista por todos los puntos cardinales, decidió montar su propio estudio en una habitación que habían alquilado. Una vez instalados, Isabel empezó a dar clases de danza, Agustín entró en una compañía teatral y Raimundo inició su carrera periodística. Cierto día, Isadora conoció a un músico de apellido Kevin y encontró motivos para ponerle movimiento a su música. Cuando el joven artista se enteró, se enojó mucho y le prohibió a Isadora bailar su música. Entonces ella lo tomó de la mano y lo invitó a sentarse, diciéndole: Voy a bailar para usted. Si no le gusta, no volveré a hacerlo”. Cuando terminó la danza, Ethelbert Kevin, con los ojos llenos de lágrimas, habló así: “Es usted un ángel, una devinatrice. Todos esos movimientos los he visto yo mientras componía mi música”. Esta aprobación le abrió a Isadora las puertas de los salones de muchas señoras de la alta sociedad.

(Continuará)

jueves, 10 de junio de 2010

ISADORA DUNCAN - PARTE I

Isadora Duncan

Como Las Olas Del Mar

   Inspirándose en las danzas griegas, la artista, de origen norteamericano, revolucionó los escenarios estadounidenses y europeos. Con sus pies descalzos o en sandalias, y vistiendo una sencilla túnica, condujo la danza a sus antiguas raíces sagradas.


   Isadora Duncan, la controvertida anti-diva, llegó a este mundo (dicho de otra manera: asomó su curiosidad y su torbellino vital) el 27 de mayo de 1878, en San Francisco, California, y se fue extrañamente 49 años después, el 14 de septiembre de 1927.


    "Nací a la orilla del mar. Mi primera idea del movimiento y de la danza me ha venido seguramente del ritmo de las olas…". Palabras éstas de la misma Isadora, vertidas en su autobiografía “Mi vida”, constituyen la primera y quizás más certera pincelada que cualquier pintor podría haber extraído de su paleta contemplando el ser de Isadora meciéndose por la vida.

   El nombre original de este peculiar personaje de fines de un siglo y comienzos de otro, fue Dora Ángela. “Isadora” resultó ser la elección que la niña hizo, en algún momento, influida por la educación clásica que recibió de su madre. Y el nuevo nombre marcó, sin duda, una identidad. A los cinco años, la incipiente artista anunció a su familia que sería bailarina y revolucionaria. Y lo fue. Pudo haber elegido el oficio de pianista (emulando a su madre), de pintora o de poeta, pero convirtió la danza en la fuente donde abrevarían todos los impulsos creativos posibles. La danza fue el vehículo de las energías que la desbordaban.

   De su madre, Mary Dora Grey, podría decirse que Isadora heredó la sensibilidad artística. Por su parte, su padre, sin proponérselo, le provocó la incansable necesidad de encontrarse a sí misma, debido a la ausencia que éste le ocasionó después de abandonar a la familia. Según se dice, el matrimonio Duncan definió su relación en el divorcio, después de que Joseph Charles Duncan, banquero, estuviera aparentemente involucrado en un negocio ilegal. Isadora, que era una niña de pecho, volvió a ver a su padre en algunas ocasiones siete años después, cuando éste tuvo la oportunidad de confesarse poeta ante su hija.

   La presencia rotunda de Mary Dora Grey, que debió un día pararse en el lugar de sostenedora económica y emocional de sus hijos, contribuyó a que la niña Isadora fuera aprehendiendo todo lo que su madre estuviera dispuesta a transmitirle. Así fue cómo el arte de la antigua Grecia, la poesía, la plástica y la música la marcaron tanto como las teorías innovadoras que su madre expresaba en relación con la femineidad y el ateísmo.

“Nací a la orilla del mar …”

   Se cuenta que a los seis años Isadora reunió a varios niños vecinos decidida a mostrarles, por medio de sus gestos, cómo era el movimiento del mar. Cuando su madre llegó y encontró semejante espectáculo, la niña simplemente explicó que esa era su escuela de baile. Su madre, entonces, no dudó en sentarse al piano y acompañar a su hija en tal emprendimiento.

   ¡Cuántas veces se habrá visto a una pequeña Isadora adueñándose de la playa, creando movimientos, jugando con las olas y con el viento, sintiéndose una con el entorno natural, cada vez más libre, más expandida! Y a una edad más madura, siempre en conflicto entre el Arte y el Amor. Desde el lugar de artista, todo lo que Isadora quería era que el público se estremeciera, como ella, gracias a la fuerza de vida que la poseía. Por otro lado, el éxtasis erótico era para Isadora el momento cumbre de la vida. “No deberíamos sobrevivir a placeres tan completos y tan perfectos”, dijo alguna vez refiriéndose a una de sus grandes pasiones amorosas. Sin embargo, su existencia prueba que el arte fue para ella su refugio último: “Juré que no abandonaría nunca mi arte por el amor”. Gordon Craig no pudo admitirlo e Isadora sufrió por eso.

   Tal como podríamos imaginar de un espíritu crecido en un ambiente libertario, Isadora no soportó la escuela y un día, a los 10 años, decidió abandonarla para dedicarse a dar clases y ganar dinero. Su hermana Isabel se sumó al proyecto. Así fue cómo Isadora canjeó la educación institucional por el deleite de escuchar a su madre tocando obras de Beethoven, Schumann, Schubert, Mozart y Chopin. De ahí saldría, tiempo después, una de sus más grandes innovaciones: la libre interpretación, en la danza, de obras no escritas para ser bailadas. “Yo seguía mi fantasía e improvisaba, enseñando a los discípulos todas las cosas bonitas que se me ocurrían”, diría más adelante.


   Durante la adolescencia, Isadora se hizo eco de la influencia que recibió de un nuevo personaje en su vida y se convirtió en una lectora incansable. En Oakland, donde la familia residía entonces, una bibliotecaria, poetisa de California llamada Ida Coolbrith, la alentó a ampliar sus conocimientos interesándola en la literatura y en la filosofía. Sin saberlo, las enseñanzas de esta mujer se convirtieron en un eslabón dentro del camino de creación de la joven artista. En aquel tiempo, Isadora leyó a Dickens, Thackeray y Shakespeare, entre otros, y comenzó a forjar un nuevo estilo de danza, sustentando su teoría en la integración de la imaginería romántica de Keats, el realismo poético de Whitman y la crudeza de Nietzsche.

(Continuará la semana próxima)

domingo, 6 de junio de 2010

ESTÁ LA LUZ


El amanecer
fue primero oscuridad
en esta vereda
o en cualquier extremo
la noche
es una sombra ancha a veces
un manto de murciélago
donde los corazones
se asoman
se repliegan
y sueñan con obeliscos
de fuertes raíces

Veo seres emburbujados
se mimetizan
con los restos agrios de la jornada

pero veo también
siluetas encendidas

apaguen la luz
el mundo amanece.

miércoles, 2 de junio de 2010

Puntos suspensivos ...

"Este mundo material solamente es pasajero ..." , dice la canción que escucho. Se llama "La línea" y la está cantando Lila Downs. No sé quién compuso esa canción. Busco en Internet y no me lo dice ... ¡qué buena noticia!

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Y qué buena noticia también estar aquí ... caminando la libertad en la ilusión de este mundo pasajero.