Como Las Olas Del Mar
Inspirándose en las danzas griegas, la artista, de origen norteamericano, revolucionó los escenarios estadounidenses y europeos. Con sus pies descalzos o en sandalias, y vistiendo una sencilla túnica, condujo la danza a sus antiguas raíces sagradas.
Isadora Duncan, la controvertida anti-diva, llegó a este mundo (dicho de otra manera: asomó su curiosidad y su torbellino vital) el 27 de mayo de 1878, en San Francisco, California, y se fue extrañamente 49 años después, el 14 de septiembre de 1927.
"Nací a la orilla del mar. Mi primera idea del movimiento y de la danza me ha venido seguramente del ritmo de las olas…". Palabras éstas de la misma Isadora, vertidas en su autobiografía “Mi vida”, constituyen la primera y quizás más certera pincelada que cualquier pintor podría haber extraído de su paleta contemplando el ser de Isadora meciéndose por la vida.
El nombre original de este peculiar personaje de fines de un siglo y comienzos de otro, fue Dora Ángela. “Isadora” resultó ser la elección que la niña hizo, en algún momento, influida por la educación clásica que recibió de su madre. Y el nuevo nombre marcó, sin duda, una identidad. A los cinco años, la incipiente artista anunció a su familia que sería bailarina y revolucionaria. Y lo fue. Pudo haber elegido el oficio de pianista (emulando a su madre), de pintora o de poeta, pero convirtió la danza en la fuente donde abrevarían todos los impulsos creativos posibles. La danza fue el vehículo de las energías que la desbordaban.
De su madre, Mary Dora Grey, podría decirse que Isadora heredó la sensibilidad artística. Por su parte, su padre, sin proponérselo, le provocó la incansable necesidad de encontrarse a sí misma, debido a la ausencia que éste le ocasionó después de abandonar a la familia. Según se dice, el matrimonio Duncan definió su relación en el divorcio, después de que Joseph Charles Duncan, banquero, estuviera aparentemente involucrado en un negocio ilegal. Isadora, que era una niña de pecho, volvió a ver a su padre en algunas ocasiones siete años después, cuando éste tuvo la oportunidad de confesarse poeta ante su hija.
La presencia rotunda de Mary Dora Grey, que debió un día pararse en el lugar de sostenedora económica y emocional de sus hijos, contribuyó a que la niña Isadora fuera aprehendiendo todo lo que su madre estuviera dispuesta a transmitirle. Así fue cómo el arte de la antigua Grecia, la poesía, la plástica y la música la marcaron tanto como las teorías innovadoras que su madre expresaba en relación con la femineidad y el ateísmo.
“Nací a la orilla del mar …”
Se cuenta que a los seis años Isadora reunió a varios niños vecinos decidida a mostrarles, por medio de sus gestos, cómo era el movimiento del mar. Cuando su madre llegó y encontró semejante espectáculo, la niña simplemente explicó que esa era su escuela de baile. Su madre, entonces, no dudó en sentarse al piano y acompañar a su hija en tal emprendimiento.
¡Cuántas veces se habrá visto a una pequeña Isadora adueñándose de la playa, creando movimientos, jugando con las olas y con el viento, sintiéndose una con el entorno natural, cada vez más libre, más expandida! Y a una edad más madura, siempre en conflicto entre el Arte y el Amor. Desde el lugar de artista, todo lo que Isadora quería era que el público se estremeciera, como ella, gracias a la fuerza de vida que la poseía. Por otro lado, el éxtasis erótico era para Isadora el momento cumbre de la vida. “No deberíamos sobrevivir a placeres tan completos y tan perfectos”, dijo alguna vez refiriéndose a una de sus grandes pasiones amorosas. Sin embargo, su existencia prueba que el arte fue para ella su refugio último: “Juré que no abandonaría nunca mi arte por el amor”. Gordon Craig no pudo admitirlo e Isadora sufrió por eso.
Tal como podríamos imaginar de un espíritu crecido en un ambiente libertario, Isadora no soportó la escuela y un día, a los 10 años, decidió abandonarla para dedicarse a dar clases y ganar dinero. Su hermana Isabel se sumó al proyecto. Así fue cómo Isadora canjeó la educación institucional por el deleite de escuchar a su madre tocando obras de Beethoven, Schumann, Schubert, Mozart y Chopin. De ahí saldría, tiempo después, una de sus más grandes innovaciones: la libre interpretación, en la danza, de obras no escritas para ser bailadas. “Yo seguía mi fantasía e improvisaba, enseñando a los discípulos todas las cosas bonitas que se me ocurrían”, diría más adelante.
Durante la adolescencia, Isadora se hizo eco de la influencia que recibió de un nuevo personaje en su vida y se convirtió en una lectora incansable. En Oakland, donde la familia residía entonces, una bibliotecaria, poetisa de California llamada Ida Coolbrith, la alentó a ampliar sus conocimientos interesándola en la literatura y en la filosofía. Sin saberlo, las enseñanzas de esta mujer se convirtieron en un eslabón dentro del camino de creación de la joven artista. En aquel tiempo, Isadora leyó a Dickens, Thackeray y Shakespeare, entre otros, y comenzó a forjar un nuevo estilo de danza, sustentando su teoría en la integración de la imaginería romántica de Keats, el realismo poético de Whitman y la crudeza de Nietzsche.
(Continuará la semana próxima)